A pesar de la resistencia de los obispos de occidente, y del propio Papa Vigilio, al cesar-papismo impuesto, en el 553 se realizó el II Concilio de Constantinopla, en el que se corrigen los errores trinitarios y cristológico precedentes, condenando, a las figuras de: Teodoro de Mopsuestia, de Teodoreto de Ciro y de Ibas de Edesa (los Tres Capítulos), con lo que se condena al Origenismo. Aunque no se ratifican los cánones del edicto de Justiniano, el canon 11 del Concilio, anatemiza al propio Orígenes.

    Desde mi punto de vista, en el V Concilio Ecuménico, convergen las ideas de la Escuela Alejandrina, donde lo importante es descubrir las verdades eternas (la filosofía como herramienta), y la Escuela de Antioquía, en la que prima la humanidad de Cristo, y el sentido histórico de la Escritura, porque tanto desde una perspectiva como de la otra, queda a salvo, en la Iglesia, el Misterio de la Santísima Trinidad. Por otro lado, aunque Orígenes y el origenismo son condenados, los textos bíblicos no se manipulan, ya es tarde para hacerlo.

    Lo que viene después, es la actuación del Papa Damaso I, en contra del Arrianismo, que consolidó la cede de Roma, de tal manera, que los obispos dependieran de ella. Este Papa ordenó una revisión de la Biblia, y encargó, a su secretario privado, San Jerónimo, que la tradujera al latín, y que conocemos con el nombre de “la Vulgata”.

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