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que él empleó, reconstruyendo la catedral de Santa Sofía, que construida por Constantino, había quedado en ruinas. Reconquistó los territorios Africanos, que se habían perdido por las invasiones vándalas, entró por Sicilia, luego Nápoles, y posteriormente a Roma, defendiéndola hasta la retirada de los Godos. En el 540 toda Italia estaba anexada al imperio. Empujó las fronteras romanas más allá del norte de Grecia, y por el suroeste, llegó hasta algunas provincias españolas.
Pero desde el punto de vista religioso, se habían formado muchas fracciones, que estaban en constantes pugnas y rivalidades en el Medio Oriente, y en el norte de África, a causa de la interpretación del Misterio de la Santísima Trinidad, en la que estaban implicados los monofisitas y los nestorianos, ambos influenciados, por la “mal interpretada” subordinación del Hijo al Padre, propuesta por Orígenes.
En este sentido, Justiniano, apremiado por el peligro que corría de perder la unidad de credo, y con ello, la posibilidad de independencia política, de un territorio importante, por su aportación agrícola, para abastecer al imperio, e imponiendo en el Occidente, la costumbre oriental de colocar las riendas de la iglesia en manos del estado, promulgó el edicto llamado “Liber adversus Orígenes” (543).
Si se leen los cánones que contiene, se puede deducir fácilmente que están relacionados con las “especulaciones” de la “preexistencia de las almas” que propugnaba Orígenes.