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Por estas razones, y otras que veremos más adelante, no es de extrañar, que no pocos historiadores, pongan en duda la conversión al cristianismo del emperador, alegando que el impulso de apertura que dio a la Iglesia Católica, obedecía, más bien, a consolidar una especie de sincretismo religioso, que permitiera mantener unido al imperio.
Veamos, en síntesis, que pasó con Constantino y su relación con el Concilio de Nicea.
En el año 312 se libró una batalla conocida con el nombre de Puente Milvio, en ella, Constantino venció a Majencio, consiguiendo que quedara despejada su carrera hacia el trono del Imperio Romano. Se cuenta que antes de esta importante batalla, Constantino tuvo una “visión” en la que aparecía una cruz frente al “sol”, y una voz que le dijo: “in hoc signo vinces” (con este signo vencerás), impresionado por este acontecimiento, mandó poner una cruz en su estandarte, y que se pintara, en todos los escudos de su ejército.
Lo cierto es que en el 313, sólo un año después de su visión, firmó con Licino, que se mantenía en oriente, el edicto de Milán, que confería al cristianismo, los mismos derechos que tenían los cultos paganos, y la devolución de las Iglesias confiscadas durante la persecución de Diocleciano, y con el tiempo, Constantino fue confiriendo privilegios a los obispos, haciendo importantes donaciones, dando apoyo a la construcción de templos, y mejorando la posición social, económica y política de la Iglesia.